Nación

La modista internacional de las muchachas de la Zona Roja

Por azares del destino, las bailarinas de la Zona de Tolerancia, tienen modista particular: se llama Hilda, estudió diseño de modas en Nueva York y hoy es la diseñadora de la ropa exótica que se exhibe entre las luces de Neón del lugar, aquí su historia…

La primera vez que la vi fue a las puertas de la estruendosa zona de tolerancia.

Era la madrugada, una madrugada fresca de domingo.

Apenas y alcancé a divisar a aquella señora alta y rellenita, ojos de miel, pelo rubio corte casquete, entre el tumulto de chicas con poca ropa y borrachos que salían tambaleándose después de una larga noche de juerga.

Hilda iba de un lado a otro en medio de la oscuridad neón con su bordón plateado, como si buscara algo o a alguien.

Días después, Dulce, una antigua amiga del ambiente, me la presentó.

Era una mañana caliente de lunes e Hilda barría despreocupada el zaguán de su casa de dos niveles.

La casa con portón negro, alba fachada y ventana vertical, que Hilda alquilaba para vivir a una cuadra de la entrada al barrio de la alegría con sus murallas alegres color rosa nacional.

Que era yo reportero le informó Dulce a Hilda y que quería conocerla.

Entonces Hilda soltó la carcada.

Dos o tres años atrás, Dulce me había contado de una cubana que vivía en Saltillo y que tenía el singular oficio de confeccionarles la ropa a las muchachas de la ciudad sanitaria.

Y yo mordí el anzuelo.

Me ganché con la historia, de plano.

La cubana que les hace la ropa a las muchachas de la zona roja, me dije.

Tenía que conocerla.

La mañana que Dulce me la presentó ya estaba yo en el taller de Hilda, una pieza cúbica y pletórica de telas y rodetes de hilos de colores chillones, catálogos y revistas de moda, varias sillas de oficina, un espejo y dos viejas máquina de costura.

Las máquinas de Hilda.

“Aquí trabajo. Aquí hago la ropa de las muchachas de allá, de la zona de tolerancia”, dijo Hilda con cierto dejo de picardía y orgullo en un cubano tan perfecto que parecía recién desempacada de la isla.

“Estos son los trajes de baño, ahorita te los muestro. Ahorita no traigo mucha ropa aquí porque ya vendí todo el fin de semana. Pero tengo algunas prendas que le puedo mostrar…”, soltó “La Cubana”, enfiló hacia una maleta que estaba sobre una silla, sacó un bañador de una pieza, verde fosfo por el frente, negro a la espalda, y vistió con él a uno de sus maniquíes.

Era una Venus bien torneada que aguardaba de pie en el centro del taller, iluminado solamente por la luz que se colaba a través de una ventana vertical que daba a la calle y que Hilda mantenía abierta durante los días de más calor para que circulara el aire.

Que por qué.

Que cómo era que había llegado a la zona de tolerancia.

Que qué hacía una costurera cubana de 55 años en la zona roja, le pregunté a Hilda.

Hilda volvió sonreír con su bien cuidada dentadura de marfil.

Y recodó el día en que hace 20 años unas muchachas de la ciudad sanitaria fueron a buscarla a su taller, que entonces despachaba en la colonia Bellavista, para que les confeccionara una ropa.

“Dame qué modelo quieres – les dije a las chicas – dicen ‘escójalo usted’ y ya yo les hice unos modelos muy sexys, acá, y muy bonitos”.

Al  día siguiente fueron a buscarla otras muchachas y luego otras y luego otras y luego otras…

Cuando Hilda vino a ver, oiga, ya estaba en la zona de tolerancia, vendiendo ropa, me contó y se río.

“Éstas son las tangas que ellas usan”,  dijo después Hilda y me sacó de la maleta un corto bikini azul turquesa  y a mí, no sé por qué, me vino a la mente aquel atardecer que conocí la playa de Varadero, con su mar turquesa azul.

Era finales de la primavera de 2009.

Hilda comenzó a frecuentar la zona roja por las noches, y hasta bien entada la madrugada, para ofrecer su sensual mercadería a las mujeres que venían de todas partes para trabajar en los teibol, los bares y los viejos y célebres salones de baile del barrio de la alegría.

Me contó Hilda quien en ese momento terminaba de vestir a un maniquí con un vestido rosa pálido de esos que dejan poco a la imaginación

“Así son para las muchachas de la zona, de las que trabaja y bailan”.

Como la colonia Bellavista, donde Hilda tenía montado su taller de costura, estaba lejos y el servicio de taxis era caro, “La Cubana”,  decidió mudarse a una casa de renta de dos plantas que estaba en una calle larga y angosta, la cual  divide a los sectores María de León y Federico Berrueto, a unas cuantas viviendas de la entrada a la zona de tolerancia.

Aquel frío amanecer que la conocí, Hilda iba de un lado a otro con su bastón en torno a la puerta de la zona, a la espera de la salida de las muchachas para levantar sus pedidos de lencería y saldar cuentas pendientes.

Desde entonces Hilda Emelina Reyes Cruz fue “La Cubana”, o “La Nana”, para sus clientas y amigas de la zona de tolerancia.

Me dijo Hilda, luego se sentó frente a una de sus máquinas de coser, una auténtica reliquia, una pieza de museo, que estaba siempre de cara a la ventana con vista a la calle, y se puso a trabajar.

“Ahorita va a ver cómo se confeccionan estos trajes”, volvió a decir Hilda con su agudo y desmochado acento cubano.

 Agarró dos cachos de tela roja y los pasó como si fuera mantequilla por la aguja de la máquina.

“A esta máquina le llamo yo ’la milagrosa’, porque corta, cose… Lleva conmigo 25 años y me ha hecho milagros esta máquina. Con esta máquina construí dos casas”, dijo Hilda.

En unos cuantos segundos Hilda confeccionó un mini bóxer y un top escarlatas con los que vistió a otra de sus esbeltas Venus de plástico.

La prenda era realmente sugestiva, bonita, coqueta, encantadora….

“Dese cuenta que en cuestión de segundos los hago. Me pongo y les saco en un momentito sus tops a las muchachas”. 

–¿Y a esos a cómo los deja?, le pregunté. 

–Se los doy en 200 pesos.

–¿Se aburre?

–No fíjese que no, porque yo digo que el diseño lo traigo en el alma. A veces me duermo y dormida sueño con el diseño que quiero sacar al otro día. Me levanto a las 2:00 de la mañana y me pongo a dibujar lo que soñé y al otro día lo hago y así.

Dijo otra vez Hilda y se arrellanó en su silla de espalda a “la milagrosa”, su máquina consentida, para platicar.

La primera vez que la vi fue a las puertas de la estruendosa zona de tolerancia.

Era la madrugada, una madrugada fresca de domingo.

Apenas y alcancé a divisar a aquella señora alta y rellenita, ojos de miel, pelo rubio corte casquete, entre el tumulto de chicas con poca ropa y borrachos que salían tambaleándose después de una larga noche de juerga.

Hilda iba de un lado a otro en medio de la oscuridad neón con su bordón plateado, como si buscara algo o a alguien.

Días después, Dulce, una antigua amiga del ambiente, me la presentó.

Era una mañana caliente de lunes e Hilda barría despreocupada el zaguán de su casa de dos niveles.

La casa con portón negro, alba fachada y ventana vertical, que Hilda alquilaba para vivir a una cuadra de la entrada al barrio de la alegría con sus murallas alegres color rosa nacional.

Que era yo reportero le informó Dulce a Hilda y que quería conocerla.

Entonces Hilda soltó la carcada.

Dos o tres años atrás, Dulce me había contado de una cubana que vivía en Saltillo y que tenía el singular oficio de confeccionarles la ropa a las muchachas de la ciudad sanitaria.

Y yo mordí el anzuelo.

Me ganché con la historia, de plano.

La cubana que les hace la ropa a las muchachas de la zona roja, me dije.

Tenía que conocerla.

La mañana que Dulce me la presentó ya estaba yo en el taller de Hilda, una pieza cúbica y pletórica de telas y rodetes de hilos de colores chillones, catálogos y revistas de moda, varias sillas de oficina, un espejo y dos viejas máquina de costura.

Las máquinas de Hilda.

“Aquí trabajo. Aquí hago la ropa de las muchachas de allá, de la zona de tolerancia”, dijo Hilda con cierto dejo de picardía y orgullo en un cubano tan perfecto que parecía recién desempacada de la isla.

“Estos son los trajes de baño, ahorita te los muestro. Ahorita no traigo mucha ropa aquí porque ya vendí todo el fin de semana. Pero tengo algunas prendas que le puedo mostrar…”, soltó “La Cubana”, enfiló hacia una maleta que estaba sobre una silla, sacó un bañador de una pieza, verde fosfo por el frente, negro a la espalda, y vistió con él a uno de sus maniquíes.

Era una Venus bien torneada que aguardaba de pie en el centro del taller, iluminado solamente por la luz que se colaba a través de una ventana vertical que daba a la calle y que Hilda mantenía abierta durante los días de más calor para que circulara el aire.

Que por qué.

Que cómo era que había llegado a la zona de tolerancia.

Que qué hacía una costurera cubana de 55 años en la zona roja, le pregunté a Hilda.

Hilda volvió sonreír con su bien cuidada dentadura de marfil.

Y recodó el día en que hace 20 años unas muchachas de la ciudad sanitaria fueron a buscarla a su taller, que entonces despachaba en la colonia Bellavista, para que les confeccionara una ropa.

“Dame qué modelo quieres – les dije a las chicas – dicen ‘escójalo usted’ y ya yo les hice unos modelos muy sexys, acá, y muy bonitos”.

Al  día siguiente fueron a buscarla otras muchachas y luego otras y luego otras y luego otras…

Cuando Hilda vino a ver, oiga, ya estaba en la zona de tolerancia, vendiendo ropa, me contó y se río.

“Éstas son las tangas que ellas usan”,  dijo después Hilda y me sacó de la maleta un corto bikini azul turquesa  y a mí, no sé por qué, me vino a la mente aquel atardecer que conocí la playa de Varadero, con su mar turquesa azul.

Era finales de la primavera de 2009.

Hilda comenzó a frecuentar la zona roja por las noches, y hasta bien entada la madrugada, para ofrecer su sensual mercadería a las mujeres que venían de todas partes para trabajar en los teibol, los bares y los viejos y célebres salones de baile del barrio de la alegría.

Me contó Hilda quien en ese momento terminaba de vestir a un maniquí con un vestido rosa pálido de esos que dejan poco a la imaginación

“Así son para las muchachas de la zona, de las que trabaja y bailan”.

Como la colonia Bellavista, donde Hilda tenía montado su taller de costura, estaba lejos y el servicio de taxis era caro, “La Cubana”,  decidió mudarse a una casa de renta de dos plantas que estaba en una calle larga y angosta, la cual  divide a los sectores María de León y Federico Berrueto, a unas cuantas viviendas de la entrada a la zona de tolerancia.

Aquel frío amanecer que la conocí, Hilda iba de un lado a otro con su bastón en torno a la puerta de la zona, a la espera de la salida de las muchachas para levantar sus pedidos de lencería y saldar cuentas pendientes.

Desde entonces Hilda Emelina Reyes Cruz fue “La Cubana”, o “La Nana”, para sus clientas y amigas de la zona de tolerancia.

Me dijo Hilda, luego se sentó frente a una de sus máquinas de coser, una auténtica reliquia, una pieza de museo, que estaba siempre de cara a la ventana con vista a la calle, y se puso a trabajar.

“Ahorita va a ver cómo se confeccionan estos trajes”, volvió a decir Hilda con su agudo y desmochado acento cubano.

 Agarró dos cachos de tela roja y los pasó como si fuera mantequilla por la aguja de la máquina.

“A esta máquina le llamo yo ’la milagrosa’, porque corta, cose… Lleva conmigo 25 años y me ha hecho milagros esta máquina. Con esta máquina construí dos casas”, dijo Hilda.

En unos cuantos segundos Hilda confeccionó un mini bóxer y un top escarlatas con los que vistió a otra de sus esbeltas Venus de plástico.

La prenda era realmente sugestiva, bonita, coqueta, encantadora….

“Dese cuenta que en cuestión de segundos los hago. Me pongo y les saco en un momentito sus tops a las muchachas”. 

–¿Y a esos a cómo los deja?, le pregunté. 

–Se los doy en 200 pesos.

–¿Se aburre?

–No fíjese que no, porque yo digo que el diseño lo traigo en el alma. A veces me duermo y dormida sueño con el diseño que quiero sacar al otro día. Me levanto a las 2:00 de la mañana y me pongo a dibujar lo que soñé y al otro día lo hago y así.

Dijo otra vez Hilda y se arrellanó en su silla de espalda a “la milagrosa”, su máquina consentida, para platicar.

Hilda era la hija de unos emigrantes cubanos,  Alcibíades Reyes y Aleida Cruz, ambos profesores de deportes, que habían salido de la isla después de la Revolución y se establecieron en Tamaulipas, donde Hilda nació hacia 1964.

Cuando Hilda tenía dos años de edad, sus padres se trasladaron con ella y sus  hermanos, dos mujeres, cuatro varones, a Miami, Florida, para reunirse con loa abuelos, que antaño habían sido propietarios de ingenios azucarero en Cuba y  abandonaron el país luego que Fidel Castro ordenara la expropiación, nacionalización y confiscación de los bienes de la clase alta y las empresas norteamericanas.

Con información de Vanguardia

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